Kevin Carter: Una foto que pesa mas que una vida

 

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La historia de la fotografía está llena de imágenes universales que son conocidas por todos.

Imágenes que ocupan libros y webs, recopilatorios sobre las mejores tomas de la historia o los momentos claves de la fotografía.

Algunas de esas imágenes, además, nos estremecen, nos remueven por dentro mas fuerte de lo habitual.

Unas cuantas de estas fotografías, menos esta vez, tienen una historia fascinante detrás, una leyenda que envuelve la imagen haciéndola especial.

Pero muy pocas de estas historias nos hablan de tal dolor que sumieron a su autor en una espiral de tristeza que acabó llevándole al suicidio.

Hoy hablamos de una de esas fotos. La foto con la que Kevin Carter ganó el premio Pulitzer en el año 1994 y que, según se cuenta, le llevó al suicido pocas semanas después, atormentado por la culpa y la presión social.

 

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Vamos a conocer realmente que hay tras esa foto y tras el suicidio de este fotógrafo de vida fascinante, miembro del mítico “Bang-Bang Club” y que recorrió muchos de los grandes conflictos étnicos del sur de África llenándose la mochila de imágenes estremecedoras.

 

Pero lo mejor, como siempre, será empezar por el principio.

 

Kevin (Johannesburgo 1960) nació en el seno de una familia blanca sudafricana, ordenada, liberal, católica y conformista con el apartheid imperante entonces en el país.

La suya fue una juventud marcada por los altibajos emocionales y el inconformismo político y social. Fue un muchacho un tanto incauto, de vida revuelta y enfrentado constantemente a sus padres por su repulsa a la pasividad de estos ante el racismo que les rodeaba.

 

Pasó por una efímera vida militar, unos abandonados estudios de farmacia y unas constantes idas y venidas con las drogas. Acabó empleado en una tienda de fotografía donde comienzan sus primeros trabajos para periódicos locales, primeramente cubriendo eventos deportivos los fines de semana, mas tarde plasmando con sus fotos los problemas e injusticias raciales que le rodeaban y que siempre le habían preocupado.

 

Por entonces la Sudáfrica de los años 80 era un hervidero apunto de estallar tras décadas de sometimiento étnico.

El yugo internacional comenzaba a cerrarse sobre el país, demasiado tarde, tras su expulsión de la Commonwealth (en su calidad de excolonia inglesa), la prohibición de la participación olímpica del país o las sanciones cada vez mas severas de las naciones unidas.

Pero sobretodo por el hartazgo social de un pueblo negro que marchaba adelante con pasos cada vez mas largos al compas de los vientos de cambio que recorrían el país.

 

En ese clima Kevin Carter se forjó como reportero gráfico y hasta el día de su muerte vivió entre horrorosos conflictos civiles, revueltas y matanzas étnicas.

La suya fue una carrera corta y dura navegando constantemente por ríos de sangre y la violencia extrema que cubría gran parte del continente africano.

 

Kevin pertenecía a lo que se conoció como el “Bang-bang club”, formado por cuatro amigos fotógrafos especializados en cubrir los conflictos finales y mas brutales del apartheid.

Viajaban juntos, trabajaban juntos, vivían juntos, se emborrachaban juntos y compartían miserias juntos.

Formaban una carismática banda de reporteros que se enfrentaban de cara a lo mas animal del ser humano, a la violencia mas terrible. De los que con un enjuto cigarro en la boca corrían agachados por las calles de suburbios en conflicto como el de Soweto, maldiciendo por dentro entre el sonido de los disparos y rogando por hacer esa foto extra que espera un poco mas adelante.

 

El club estaba formado, además de Carter, por los fotógrafos Joao Silva, ken Oosterbroek y Greg Marinovich.

 

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Pero vamos de una vez hasta 1993, año en el que Kevin toma la famosa fotografía de la niña y el buitre.

 

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La imagen enseguida es tomada como un icono, con la niña apunto de morir simbolizando la derrota de los débiles y los indefensos ante un buitre que representa el capitalismo, la maquina imparable del nuevo orden que arrasa inmisericorde allá por donde pasa. Incluso algunos vieron en el propio fotógrafo el tercer elemento de la ecuación, como la sociedad que ve y calla, que no hace nada por cambiar las cosas.

 

A los pocos meses la imagen es galardonada con el premio Pulitzer y entrevista tras entrevista, conforme va aumentado la popularidad de la foto y el debate esta en boca de todos, el desprecio por la imagen y su autor va ganando terreno y el juicio moral a Kevin Carter es cada vez mas duro e insaciable, se extiende como un reguero de pólvora y las criticas se generalizan.

 

El fotógrafo, frío y calculador, que solo quería su imagen, al que no le importó la muerte de la niña de la escena, que tomó su foto y se marcho dejando a la niña a la merced al buitre…

A Kevin Carter se le llego a denominar como el segundo buitre de la foto.

 

Finalmente Carter se suicidó a los pocos meses. Se habló mucho sobre la presión que sufrió, de los remordimientos que tras tomar aquella foto pudieron con el hasta el limite de llegar a quitarse la vida.

 

Pero no, las cosas no pasaron así.

 

Aquella foto fue tomada en un viaje con Joao silva a Sudán, de hecho este dato fue casi lo único que se mantuvo fiel a la realidad en la versión popular de la historia de la imagen.

 

Kevin no tomó una imagen de una niña moribunda y abandonada a la cual dejó sola en mitad de la sabana a su suerte frente al animal.

Aquella foto se tomó en un campo de alimentación de la ONU. Kevin y Silva pasaron la mañana por los alrededores de dicho campo al que se desplazaron con una patrulla del ejército para narrar las hambrunas que devastaban la zona.

 

Fijaros en el brazo derecho de la niña, veis esa tira en su muñeca?? Es una pulsera de plástico, como la que ponen en los hospitales para controlar a los niños, nombre, edad, grupo sanguíneo, etc…

 

Kevin se cansó de contar una y otra vez, sin mucho éxito, que la niña a pesar de salir sola en la foto estaba en un entorno lleno de gente, refugiados, cooperantes, militares etc… Lo habitual en un feed-camp.

En ese momento se estaban haciendo repartos de alimentos y la niña se quedo ligeramente apartada. Su postura, que puede parecernos de agonía, en realidad es una postura muy común en los niños con desnutrición debido a la falta de fuerzas y el peso de sus cabecitas.

 

Kevin pasó 20 minutos tomando la foto, cambiando el encuadre, observando al buitre, incluso esperando que abriese las alas, montando una historia que nos pellizcara las tripas y nos diese en la cara, que nos removiese en la comodidad de nuestras casas.

 

Tomó una de las fotos del siglo, y desgraciadamente el debate que debería habernos hecho plantear muchas cosas, que debería haber servido para estremecernos a todos, dio un giro sensacionalista de 180 grados poniendo, injustamente, en el punto de mira al fotógrafo y dando comienzo a una caza de brujas absurda e ignorante.

 

Al poco tiempo, mientras Kevin volaba camino de una entrevista, dos de los miembros de el “Bang-bang Club”, Ken Oostebroek y Greg Marinovich, fueron víctimas, junto a otros reporteros, de un fuego cruzado donde Ken fue herido de muerte.

En las imágenes vemos a Ken fatalmente herido y en otra de ellas al famoso fotógrafo james Natchwey ayudando a Greg Marinovich.

 

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Ken Oosterboek tras el tiroteo

 

 

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James natchwey ayuda a Greg Marinovich

 

Kevin no se suicidó por aquella foto, ni por las criticas que recibió tras ella. Kevin estaba destrozado por dentro, de tanto dolor, tanto odio, las matanzas, la sangre, la soledad, el miedo, la muerte… arañazos que fueron desgarrando poco a poco un corazón sensible y mas frágil de lo que el mismo creía.

Pero el empujón final hacia el abismo fue la pérdida de su buen amigo Ken aquel día de 1994.

 

La gente cercana contaba que ya en los meses anteriores Kevin vivía sumergido en una cada vez mas errática rutina entre la melancolía, las drogas, las penurias económicas y el desorden en su día a día. Se ha llegado a decir que incluso perdía carretes por los aviones y aeropuertos. El camino hacia el precipicio es largo pero Kevin llevaba un gran trecho andado por aquel entonces.

 

El 27 de julio de 1994 Kevin cogió su furgoneta, aparcó junto al río en el que solía jugar de pequeño y recostado sobre su mochila esperó hasta que el dióxido de carbono inundara el habitáculo haciéndole dormir para siempre.

 

Junto a él dejó una nota de suicidio que nos hace entender el peso de ese lastre con el que ya no pudo seguir viviendo.

 

“viendo cómo mataban a otras personas, esperando cuántos segundos les faltaban para morir, y yo, haciendo mi trabajo para que otros puedan usar mi foto como la última de mi vida”

 

«He llegado a un punto en que el sufrimiento de la vida anula la alegría… Estoy perseguido por recuerdos vívidos de muertos, de cadáveres, rabia y dolor. Y estoy perseguido por la pérdida de mi amigo Ken…»

 

Muestra de los horrores que tuvieron que cargar él y sus compañeros en su alma, día tras día, como una camisa mojada que cada vez pesa mas y de la que no puedes desprenderte, son las imágenes que podemos ver, tanto suyas como del resto de sus compañeros del “Bang-bang Club”.

 

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Durante toda esta entrada he hablado de la niña de la fotografía, pero no era una niña lo que vemos en la imagen de la que hoy hablamos, si no un niño, Kong, el cual murió, si, pero muchos años después, en 2007, víctima de unas fiebres.

 

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José María Arenzana y Luis Davilla, grandes reporteros españoles, estuvieron pocos meses después en aquel mismo campo de la ONU. Como podéis ver la escena que narra la foto de Kevin Carter era común.

 

Como mas tarde ellos mismos matizaron, la zona donde se tomó la fotografía era el lugar donde los habitantes del feed-camp iban a hacer sus necesidades, y por eso la concentración de buitres, que esperaban a poder aprovechar los pobres desperdicios que allí se acumulaban.

 

LUIS DAVILLA

 

Joao Silva, el cuarto miembro del Bang Bang cub, perdió las piernas años después tras pisar una mina.

 

El trabajo del “Bang-bang Club”, su meta, siempre estuvo por encima de cada uno de sus miembros. Cada uno de ellos amaba su tierra y la defendía de la injusticia con sus propias armas. A su manera. A pesar de todo.
Morir para contar.

 

Mikel G. Otamendi

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

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